Tenía once años cuando una mujer adulta cercana a mi entorno empezó a cruzar límites sexuales conmigo.
Lo que comenzó cuando yo era niño se prolongó durante años. Durante mucho tiempo no pude sostener una sola explicación de lo ocurrido. Había afecto, costumbre, dependencia, miedo, violencia y momentos en los que yo mismo volvía. Todo eso me hizo creer que quizá yo también era responsable.
No sabía cómo nombrarlo. No entendía que una reacción del cuerpo no era consentimiento. No entendía que continuar un vínculo no borraba la desigualdad con la que había comenzado. Y no sabía a quién acudir sin sentir que debía presentar una historia perfecta.
La confusión no fue una parte secundaria. Fue una de las razones por las que tardé tanto en comprender lo que había vivido.
Con los años encontré palabras, información y personas que me ayudaron a mirar mi historia de otra manera. Pero el camino estaba fragmentado: una explicación en un sitio, un número de ayuda en otro, una conversación que dependía de encontrar a la persona correcta.
Ojalá Puente hubiera existido cuando yo tenía once años. Como no existía, decidí construirlo.

